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“Un celo que distingue a México”

“Un celo que distingue a México”
Humboldt y Bonpland nunca llegaron a conocer a un excéntrico
naturalista mexicano —aunque sí lo leyeron con
gran interés—, nacido en 1737 en Ozumba y fallecido en
1799, mientras ellos exploraban el Orinoco. Médico de
formación, sacerdote, y erudito en mil temas, este naturalista
graduado de la Real y Pontificia Universidad de
México —hoy nuestra querida UNAM— investigó el movimiento
de los planetas; hizo el primer mapa detallado de
América del Norte, fue ardiente defensor de los pueblos
indígenas; habló de la necesidad de controlar las inundaciones
en la Cuenca de México, protegiendo su área lacustre;
escribió una larga y curiosa memoria en favor del
uso medicinal de las semillas de mariguana o pipiltzintzintlis;
estudió el nopal y la grana cochinilla; elaboró preciosas
ilustraciones científicas, que, hasta el día de hoy,
son un testimonio de incalculable valor, y teorizó sobre
la importancia de las plantas nativas —despreciadas en
ese entonces por los criollos— como valiosos alimentos.
Es una pena que no pudieran encontrarse, porque el carácter
enciclopedista y la insaciable curiosidad de José
Antonio de Alzate (ese era su nombre) habría impresionado
mucho a los exploradores europeos. De cualquier
manera, las ideas y los textos de Alzate fueron para ellos
de gran importancia.
En cambio, el que sí pudo entrevistarse con Humboldt
y Bonpland fue José Mariano Mociño, contemporáneo de
Alzate, médico y botánico por la Universidad de México,
quien pocos años antes había encabezado junto con el
español Martín de Sessé —fundador de la cátedra de botánica
en la misma universidad—, una serie de expediciones
científicas desde Nicaragua hasta el Canadá. Éstas
fueron financiadas por la Corona española y representaron
un esfuerzo algo tardío —después de tres siglos de
saqueo— por entender y describir la inmensa riqueza natural
de la Nueva España. Sin embargo, la decadencia del
imperio español a principios del siglo XIX y la independencia de México pulverizaron cualquier expectativa de
utilizar esos recursos botánicos y el conocimiento desarrollado
en estas expediciones en beneficio de la metrópoli
europea.
Pero Sessé y Mociño no habían sido los primeros; unos
doscientos cincuenta años antes, a principios de la Colonia,
la Corona había financiado trabajos similares antes
de que la codicia por el oro y la plata, así como la Inquisición,
hiciera desaparecer las prioridades más académicas.
En 1552 dos indígenas, el médico Martín de la Cruz
y el traductor Juan Badiano, habían publicado una luminosa
obra describiendo las plantas medicinales autóctonas
de México. El Códice de la Cruz-Badiano se escribió
en náhuatl y latín, ya que eran fieles seguidores de la tradición
de los códices prehispánicos, es decir, de su propia
y rica tradición indígena. Pronto les siguieron muchos
otros brillantes trabajos; en 1559 el fraile franciscano Bernardino
Sahagún produjo una de las más grandes obras
etnográficas del inicio de la Colonia, en la que describió
con detalle importantes aspectos de la historia natural
de México. En 1571, por órdenes del rey Felipe II, se inició
la expedición de Francisco Hernández, con el objetivo
de describir la historia natural de la Nueva España, y estudiar
la medicina herbolaria indígena. La obra de Hernández
aunque fue destruida en gran parte en el incendio
de la biblioteca del Escorial en 1671, es un texto fundamental
sobre la riqueza natural de México.
La fascinación por la naturaleza que mostraron Badiano,
de la Cruz, Hernández, Mociño y Alzate forma
parte de una tradición antigua en México, la cual fue reconocida
con admiración y respeto por Humboldt, quien la describió como “el celo por las ciencias naturales en
que con tanto honor se distingue México”. La síntesis de
conocimientos teóricos que forman el cuerpo del Ensayo
político y del Viaje a las regiones equinocciales se debe, en
gran medida, a las discusiones con colegas mexicanos y
a la lectura de trabajos que hizo Humboldt en la Nueva
España. La investigación biológica de campo, y la descripción
sistemática de la naturaleza son parte de esa admirable
tradición intelectual, de ese “celo” mexicano, que
tanto admiraba Alexander von Humboldt y que tanto contribuyó
a su obra.