Wegener, el gran menospreciado
En 1880, pocos años después de la muerte de Agassiz —en los Estados Unidos—, otro gran precursor nacía en Alemania; su nombre era Alfred Lothar Wegener. Después de obtener un doctorado en la Universidad de Berlín en 1905, Wegener tuvo oportunidad de integrarse a una expedición danesa a Groenlandia de 1906 a 1908. Allí empezó a interesarse en el movimiento de los continentes a escala global, y elaboró una teoría que en su tiempo casi nadie quiso aceptar. Como otros científicos que lo precedieron, Wegener había notado la similitud del perfil de las costas de África y América, y especuló que estas tierras habían estado alguna vez unidas —posiblemente en el Paleozoico tardío, unos doscientos cincuenta millones de años atrás— formando un supercontinente ancestral al cual llamó Pangea. Basado en evidencias biológicas y geológicas, Wegener pudo demostrar que rocas y fósiles similares se encontraban en las costas de continentes separados, como América y África, y que grupos biológicos emparentados poblaban áreas ahora distantes. En apoyo a su teoría, además, esgrimió el argumento de la presencia de organismos fósiles tropicales en ambientes actualmente árticos. Basado en estas evidencias, Wegener postuló la teoría de la deriva continental, en la que aseguraba que los continentes se desplazaban lentamente sobre la corteza terrestre. Sin embargo, la falta de un mecanismo que explicara la causa de esto, y el rechazo enérgico y fundamentalista del establishment geológico, llevaron a los investigadores de su época a desechar las hipótesis del movimiento continental, a pesar de los incuestionables argumentos de Wegener. Amargado por la falta de reconocimiento, Wegener murió heroicamente en 1930, en el rescate de un grupo de colegas que se había extraviado en el hielo, durante su tercera expedición a Groenlandia. Nunca llegó a enterarse de que, en los sesentas, su teoría sería retomada con el nombre de “tectónica de placas”, y que sus ideas dieron a la geología una teoría unificadora, que lo explica todo; desde los volcanes y los terremotos, hasta la formación de cordones de montañas y cuencas oceánicas. Humboldt había concluido, sorprendentemente, que los continentes se movían de alguna manera, y había llegado a esta deducción unos ciento veinte años antes que Wegener. Nuevamente, sus razonamientos se basaban en la simple observación de campo sobre la distribución geográfica de las plantas: “Para decidir acerca del antiguo enlace de continentes vecinos, la geología se funda sobre la análoga estructura de las costas, los bajíos del océano y la identidad de los animales que los habitan. La geografía de las plantas proporciona materiales preciosos para este género de investigaciones: desde cierto punto de vista, puede hacernos reconocer las islas que, antiguamente unidas, se han separado; muestra que la separación de África y América meridional se hizo antes del desarrollo de los seres organizados. Todavía más, esta ciencia nos muestra cuáles plantas son comunes al Asia oriental y a las costas de México y California […] Con la ayuda de la geografía de las plantas puede uno remontar con cierta certeza hasta el primer estado físico del globo”.











