Del conocimiento a la acción
De manera prodigiosa, Humboldt pudo anticipar a partir de sus exploraciones en México y Sudamérica las grandes teorías biológicas que surgirían y se consolidarían en los siguientes doscientos años. Si bien, quizás, esa no es su grandeza fundamental, su capacidad de inferir el funcionamiento de sistemas tan complejos no deja de ser un motivo de asombro, que para México legó una de las más lúcidas descripciones de nuestra naturaleza y cultura durante el siglo XVIII. En referencia a la Ciudad de México Humboldt escribió en el Ensayo político sobre el Reino de la Nueva España, publicado en 1822: “La construcción de la nueva ciudad, comenzada en 1524, consumió una inmensa cantidad de maderas de armazón y pilotaje. Entonces se destruyeron, y hoy se continúa destruyendo diariamente, sin plantar nada de nuevo, si se exceptúan los paseos y alamedas que los últimos virreyes han hecho alrededor de la ciudad y que llevan sus nombres. La falta de vegetación deja el suelo descubierto a la fuerza directa de los rayos del sol, y la humedad que no se había ya perdido en las filtraciones de la roca amigdaloide basáltica y esponjosa, se evapora rápidamente y se disuelve en el aire, cuando ni las hojas de los árboles ni lo frondoso de la yerba defienden el suelo de la influencia del sol y vientos secos del mediodía […] Como en todo el valle existe la misma causa, han disminuido visiblemente en él la abundancia y circulación de las aguas. El lago de Texcoco, que es el más hermoso de los cinco, y que Cortés en sus cartas llama mar interior, recibe actualmente mucha menos agua por infiltración que en el siglo XVI, porque en todas partes tienen unas mismas consecuencias los descuajos y la destrucción de los bosques”. Dos siglos antes de que la Ciudad de México enfrentara la crisis ambiental que hoy vive, Alexander von Humboldt pudo prever las dificultades hidrológicas que sobrevendrían y pudo atribuirlas, correctamente, a las consecuencias de “los descuajos y la destrucción de los bosques.” La devastación forestal, profetizó, traería graves consecuencias para el ciclo del agua. Hoy, gracias a las teorías modernas de la diversidad biológica sabemos que los bosques, y en particular los bosques tropicales, son también inmensos reservorios de riqueza biológica, en donde sobrevive una gran parte de las especies del planeta. Un concepto que, por supuesto, tampoco fue ajeno a Humboldt, quien realizó en el Ensayo sobre la geografía de las plantas el primer análisis serio de la importancia de la diversidad biológica en los bosques tropicales de montaña: “De tal estado de cosas resulta que cada altura bajo los trópicos, al presentar condiciones particulares, ofrece también productos variados según la naturaleza de las circunstancias, y que en los Andes de Quito, en una zona de mil toesas (dos mil metros) de anchura horizontal, se descubrirá una mayor variedad de formas que en una zona de la misma extensión en la pendiente de los Pirineos”. Del conocimiento de un fenómeno surge la apreciación del mismo, y de ésta la necesidad de protegerlo. Así, en las notas precursoras tomadas por dos botánicos —Humboldt y Bonpland—, sin más elementos que un teodolito, una brújula, una prensa de herbario y una desbordada pasión por la observación minuciosa del mundo natural, está también contenido el embrión de la biología de la conservación, la semilla de la protección de la diversidad natural. La conservación de la riqueza biológica es un imperativo de la coyuntura global del siglo XXI, y es uno de los problemas centrales de la ciencia y de las sociedades modernas que debemos enfrentar y resolver todos los seres humanos de manera colectiva. Es una cuestión esencial para la sobrevivencia del planeta, y para nuestra propia sobrevivencia. Pero también es parte de nuestra herencia cultural, de ese “celo por las ciencias naturales en que con tanto honor se distingue México”, como tan bien lo describió Alexander von Humboldt. Muchas veces hemos repetido que debemos conservar la naturaleza por nuestros hijos y por los hijos de nuestros hijos. Es cierto, pero quizás también debemos cuidar la naturaleza por la naturaleza misma, sin más recompensa que sentirnos parte de la continuidad de la evolución biológica sobre la Tierra. Si Humboldt estuviera hoy vivo, creo que estaría de acuerdo.











