Agassiz, el enamorado del hielo

Agassiz, el enamorado del hielo En 1807, el mismo año en que Humboldt publicaba su Ensayo sobre la geografía de las plantas, nacía en Suiza Louis Agassiz, quien sería educado primero en Alemania y después en París, bajo la dirección de Cuvier (uno de los naturalistas más famosos de Europa) y quien se convertiría unos años más tarde en un joven y brillante médico y biólogo. En 1834 mientras que Humboldt empezaba a escribir su obra cumbre Cosmos, Agassiz regresaba a Suiza como profesor del Liceo y empezaba a estudiar los glaciares de los valles alpinos. En 1847, después de trece años de andar en los hielos, los valles y las morrenas —cuando se imprimía el segundo volumen de Cosmos—, Agassiz publicaba un libro, con poco impacto al principio, en el que arriesgaba la audaz hipótesis de que Europa había estado ocupada miles de años antes por inmensos glaciares que cubrían la mayor parte del continente. La Tierra, según Agassiz, había sufrido periodos de enfriamiento, a los que llamó “glaciaciones”, seguidos por periodos de calentamiento o “interglaciares” en los que la vegetación tropical había llegado hasta las latitudes boreales. En un principio la idea fue tratada con desdén por la comunidad científica europea, cegada por la aparente evidencia de que los ciclos climáticos de invierno y verano se repetían con la precisión de un reloj. Fueron necesarios muchos años de evidencias fosilizadas, de descubrimientos geológicos, así como la teoría de le evolución de Darwin para que el público empezara a tomar en serio la teoría de Agassiz sobre las Edades Glaciales (quien, paradójicamente, se dedicó a combatir con celo religioso las ideas evolucionistas que sus propios descubrimientos habían ayudado a desarrollar). Para Humboldt, sin embargo, era obvio que el ambiente global había pasado por sucesivos periodos de calentamiento y enfriamiento durante los últimos siglos, y planteó el problema con toda claridad en el Ensayo sobre la geografía de las plantas, casi cincuenta años antes que Agassiz: “Para decidir el problema de la migración de los vegetales, la geografía de las plantas desciende al interior del globo terráqueo y consulta ahí los antiguos monumentos que la naturaleza ha dejado en las petrificaciones, los bosques fósiles y las capas de hulla que constituyen la primera vegetación de nuestro planeta. Descubre los frutos petrificados de las Indias, las palmeras, los helechos arbóreos, las escitamíneas y el bambú de los trópicos, sepultados en las heladas tierras del norte; considera si estas producciones equinocciales, lo mismo que los huesos de los elefantes, tapires, cocodrilos y didelfos, recientemente encontrados en Europa, han sido transportados a las regiones templadas por la fuerza de las corrientes en un mundo sumergido bajo el agua, o si estas mismas regiones alimentaron en la antigüedad las palmeras y el tapir, el cocodrilo y el bambú. Uno se inclina hacia esta opinión, cuando se consideran las circunstancias locales que acompañan estas petrificaciones de las Indias”. Sin conocer los valle glaciares que llevaron a Agassiz a elaborar su teoría, simplemente viajando por Venezuela, Ecuador y México, Humboldt había llegado ya —medio siglo antes— a la conclusión de que el clima en la Tierra no era constante.